divendres, 17 de setembre de 2010

Bahira.

Bismillah ar-Rahmani ar-Rahim.



...Las riquezas de Abd al-Muttalib habían menguado durante la última parte de su vida, y lo que dejó a su muerte apenas ascendía a una pequeña herencia para cada uno de sus hijos. Algunos de ellos, en especial abd al-Uzzah, conocido como Abu Lahab, habían adquirido riquezas propias. Pero Abu Talib era pobre, y su sobrino se sentía obligado a hacer lo que podía para ganar su propio sustento, apacentando ovejas y cabras, principalmente, pasando así dia tras dia solo en las colinas que dominaban la Meca o en las vertientes de los valles que se extendian más allá. Pero su tio le llevaba a veces consigo en los viajes y en una ocasión, cuando Muhammad tenía unos nueve años, se fueron con una caravana de mercaderes hasta Siria. En Bostra, cerca de una de las paradas donde la caravana mequí se detenía siempre, existía una celda que había sido habitada por un monje cristiano generación tras generación. Cuando uno moría otro ocupaba su lugar y heredaba todo lo que había en la celda, incluidos algunos viejos manuscritos. Entre ellos, uno contenía la profecía del advenimiento de un profeta a los árabes, y Bahira, el monje que entonces vivía en la celda, era conocedor del contenido de este libro, que le interesaba tanto más cuanto que, como Waraqah, él también sentía que la venida del Profeta se produciría en vida suya.
 A menudo había visto aproximarse la caravana mequí y hacer alto no lejos de su celda, pero cuando en esta ocasió apareció ante su vista su atención quedó impresionada por algo que no se parecía a nada que hubiese visto con anterioridad: una pequeña nube a baja altura avanzaba lentamente por encima de sus cabezas, de forma que siempre estaba interpuesta entre el sol y uno o dos de los viajeros. Con gran interés observó como se acercaban. Su atención, de repente, se convirtió en asombro, porque en cuanto se detuvieron la nube dejó de moverse y permaneció parada sobre el árbol bajo el que se habían cobijado, mientras que el mismo árbol bajaba sus ramas sobre ellos para que pudiesen disfrutar de doble sombra. Bahira sabía que semejante portento, aun siendo modesto, encerraba un gran significado. Sólo podía explicarse por una gran presencia espiritual, e inmediatamente pensó en el anhelado Profeta. ¿Podría ser que por fin había llegado y se encontraba entre estos viajeros?
 Hacía poco que la celda había sido abastecida de provisiones. Juntando, pues, todo lo que tenía, envió un mensaje a la caravana: "Hombres del Quraysh, he preparado alimentos para vosotros, y me gustaría que viniéseis conmigo todos, jovenes y viejos, esclavos y libres." Así pues fueron a su celda, dejando a Muhammad al cuidado de los camellos y del equipaje, a pesar de lo que les había dicho. Cuando se acercaban, Bahira escudriñó sus rostros uno por uno. No pudo advertir nada que se correspondiese con la descripción de su libro, ni parecía que hubiese entre ellos nadie que estuviera a la altura de la grandeza de los dos milagros. Quizás no habían venido todos. "¡Hombres del Quraysh!", dijo, "que ninguno de vosotros se quede en el campamento.""Nadie se ha quedado atrás," respondieron, "tan solo un muchacho, el mas joven de nosotros.""No le trateis así," dijo Bahira, "decidle que venga y que esté presente con nosotros en esta comida." Abu Talib y los otros se reprocharon a si mismos su desconsideración. "Ciertamente tenemos la culpa", dijo uno de ellos, "de que el hijo de Abdallah se haya quedado atrás, no habiendolo traido con nosotros para compartir este banquete". Así pués fue a por él, lo abrazó y lo trajo para que se sentase con los demás.
 Un sólo vistazo a la cara del niño le bastó a Bahira para tener la explicación de los milagros y, al observarlo atentamente durante la comida, advirtió muchos rasgos tanto en la cara como en el cuerpo que concordaban con lo que figuraba en el libro. Así, cuando terminaron de comer, el monje se dirigió a su joven invitado y le preguntó acerca de su vida y de sus sueños y sobre sus asuntos en general. Muhammad, por su parte, le habló con prontitud de todo esto, porque el hombre era venerable y las preguntas corteses y benevolas. Tampoco vaciló en quitarse el manto cuando finalmente el monje le rogó si podía ver su espalda. Aun ya estando seguro, Bahira se sintió ahora doblemente convencido: allí, entre los hombros, se encontraba la misma marca que esperaba ver: el sello de la profecía como se describía en su libro, en el mismo lugar.
Se volvió a Abu Talib: "¿Qué parentesco tiene este muchacho contigo?", dijo. "Es mi hijo", contestó Abu Talib. "No es tu hijo", dijo el monje: "No puede ser que el padre de este chico esté vivo." "Es el hijo de mi hermano", dijo Abu Talib. "Entonces, ¿que hay de su padre?", preguntó el monje. "Murió", dijo el otro, "cuando el niño todavía estaba en el vientre de su madre." "Esa es la verdad", dijo Bahira. "Llevate a vuestro país al hijo de tu hermano y guardale de los judios porque, por Dios, si lo ven y saben de él lo que yo sé tramarán contra él el mal. Grandes cosas aguardan a este sobrino tuyo."


Para saber y leer mas:              http://www.webislam.com/?idl=217


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